El arco iris

El arco iris

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La religión, que había sido otro mundo para ella, un delicioso territorio para el juego, en el que vivía, subía a los árboles con el hombre de estatura mediana, caminaba, temblorosa, sobre las aguas del mar como un discípulo, partía el pan en cinco mil raciones, como el Señor, para ofrecer una espléndida merienda a cinco mil personas, se desprendía ahora de la realidad, se convertía en un mito, una ilusión, y, por más que una se empeñara en afirmar su fidelidad a los hechos históricos, una sabía que no era cierta: al menos no lo era para esta vida nuestra de hoy. En los límites de esta vida que conocemos, no era posible alimentar a cinco mil personas. Y Ursula había llegado a convencerse de que lo que no podemos experimentar en la vida diaria no es cierto para uno mismo.

Así, la antigua dualidad de la vida, marcada por el mundo diario de gente, trenes, deberes y calificaciones, y el mundo del domingo de absoluta verdad y misterio viviente, cuando ella caminaba sobre las aguas, cegada por la faz del Señor, siguiendo el pilar de nubes a través del desierto y contemplando la zarza que crepitaba pero no se consumía, esta antigua dualidad que nunca había cuestionado, se rompió de un día para otro. El mundo de los días de la semana había vencido al mundo del domingo. El mundo del domingo no era real, o al menos no tenía vigencia. Y una vivía a través de la actividad.


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