El arco iris

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Así, Skrebensky apartó a Ursula de su memoria y siguió su camino, sirviendo lo que debía servir y soportando lo que debía soportar, sin objeciones. En lo tocante a su vida intrínseca y personal, estaba muerto. Y no podía resucitar de entre los muertos. Su alma yacía en la tumba. Su vida residía en el orden establecido de las cosas. Contaba además con sus cinco sentidos. Había que satisfacerlos. En todo lo demás, representaba la idea grandiosa, establecida y concreta de la vida, y en este sentido él era importante e incuestionable.

El bien de la mayoría era lo único que contaba. El mayor bien para todos ellos, colectivamente, era el mayor bien para el individuo. Y así, cada hombre debía entregarse a la misión de sostener el Estado, y trabajar por el bien superior de la mayoría. Quizá uno pudiera introducir mejoras en el Estado, pero siempre con las miras puestas en preservarlo intacto.

Sin embargo, ni siquiera el bien superior de la comunidad le permitiría alcanzar la plenitud vital de su alma. Lo sabía. Aunque no atribuía demasiada importancia al alma individual. Creía que un hombre era importante solo en la medida en que representaba a toda la humanidad.


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