El arco iris
El arco iris Él cumplía con sus obligaciones, se entregaba a ellas. En lo más hondo de su ser, el alma que albergaba aspiraciones y sinceras esperanzas de plenitud personal estaba muerta, muerta al nacer, como un peso muerto en su matriz. ¿Quién era él, para dar tanta importancia a sus relaciones personales? ¿Qué importancia tenía un hombre, personalmente? No era más que un ladrillo en el conjunto del gigantesco edificio social, la nación, la humanidad moderna. Sus actos personales eran nimios, totalmente secundarios. Había que defender el edificio completo, sin fisuras, al margen de cualquier consideración personal, porque ninguna consideración personal podía justificar semejante brecha. ¿Qué importancia tenía la intimidad personal? Uno tenía que ocupar su lugar en el conjunto, en el formidable esquema de la minuciosa civilización, nada más. Lo importante era el conjunto, mientras que la unidad, la persona, únicamente tenía importancia en la medida en que representaba el conjunto.