El arco iris

El arco iris

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Así Skrebensky se sumió en una especie de parálisis que aterrorizaba progresivamente a Ursula. Se sentía obligada a someterse a algo irremediable. Tenía una profunda sensación de catástrofe inminente. Uno tras otro, los días se volvían inertes con esta sensación de catástrofe. Cayó en un estado morboso, depresivo, aprensivo. Le angustiaba ver en el cielo el vuelo lento de un grajo. Era una señal de mal augurio. Y su presentimiento llegó a ser tan negro y poderoso que estaba casi extinguida.

Pero ¿eso qué más daba? En el peor de los casos simplemente dejaría de existir. ¿Por qué se preocupaba, qué era lo que temía? No lo sabía. Solo sabía que un temor negro se adueñaba de ella. De noche, las estrellas, grandes y centelleantes, le parecían aterradoras; de día, temía que algo pudiera atacarla en cualquier momento.

Anton escribió en marzo para anunciar que se marchaba una temporada a Sudáfrica, pero antes del viaje podría pasar un día por la granja Marsh.

Como encerrada en un sueño doloroso, Ursula esperaba el momento, ausente, indecisa. No sabía, no lograba entender. Solamente sentía que todos los hilos de su destino se habían tensado, a la espera. A veces lloraba y se decía ciegamente: «Lo quiero tanto, lo quiero tanto».


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