El arco iris

El arco iris

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Llegó Anton. Pero ¿por qué venía? Ursula lo miró, buscando una señal. Él no dio ninguna. Ni siquiera la besó. Se comportó como un simple conocido amable. Ésta era la superficie, pero ¿qué ocultaba? Ella seguía esperándolo, necesitaba alguna señal.

Pasaron todo el día, titubeantes y evitando el contacto, hasta que cayó la tarde. Entonces, riéndose, él dijo que volvería en el plazo de seis meses y les contaría todo, dio la mano a la madre de Ursula y se marchó.

Ursula lo acompañó hasta el camino. Era una noche de viento, los tejos susurraban, silbaban y vibraban. El viento parecía precipitarse entre las chimeneas y el campanario de la iglesia. Todo estaba oscuro.

El viento azotaba la cara de Ursula y hacía que la falda se le enredara en las piernas. Pero era un viento poderoso, túrgido, un instinto que condensaba la fuerza de la vida. Y Ursula tenía la sensación de haber perdido a Skrebensky. No lograba encontrarlo, en la noche intensa y urgente.

–¿Dónde estás? –preguntó.

–¡Aquí! –contestó la voz incorpórea.

Y, buscando a tientas, ella lo tocó. Un fuego como el relámpago los caló hasta los huesos.

–¿Anton? –dijo Ursula.

–¿Qué?


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