El arco iris
El arco iris Así, el calor se esfumó, Ursula tenía frío, como si acabara de despertar. Regresó corriendo a la cabaña, con la sensación de que era un objeto inexistente y frío, con ganas de marcharse. Necesitaba la luz, la presencia de otras personas, el vínculo externo con los demás. Sobre todo necesitaba perderse en el entorno natural.
Se despidió de su profesora y volvió a casa. En la estación, se alegró de mezclarse con el gentío del sábado por la noche, se alegró de sentarse en el vagón iluminado y lleno de gente. Sin embargo, no quería encontrarse con nadie conocido. No quería hablar con nadie. Estaba sola, inmune.
El movimiento y el bullicio de las luces y la gente no era sino el borde, las orillas de una oscuridad y un vacío interior inmensos. Ursula quería quedarse en la orilla iluminada y bulliciosa, porque sentía en su pecho la realidad vacía del espacio oscuro.
Durante un rato, la señorita Inger, su profesora, dejó de existir: era solo un vacío oscuro, y Ursula se sintió libre como una sombra que camina por un mundo subterráneo de extinción, de olvido. Con una especie de alegría inmóvil e inerte, se alegró de que su profesora se hubiera extinguido, de que hubiera salido de dentro de ella.