El arco iris

El arco iris

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Llegó el día del examen y terminaron las clases. Comenzaban las largas vacaciones. Winifred Inger se fue a Londres. Ursula se quedó sola en Cossethay. Se sentía profundamente abandonada, una desesperación casi venenosa se apoderó de ella. Era inútil hacer nada o ser nada. No tenía ningún vínculo con los demás. Su destino estaba aislado y muerto. En ninguna parte encontraba nada que no fuera esta negra desintegración. Pero a pesar de la magnitud de la desintegración, seguía siendo la misma. La aterradora esencia de su sufrimiento era que siempre seguía siendo la misma. Nunca podría escapar: no podía dejar de ser quien era.

Seguía apegada a Winifred Inger. Sin embargo, sentía una especie de náusea. Quería a su profesora. Sin embargo, una densa y paralizante sensación de falta de vida empezaba a apoderarse de ella a través del contacto con aquella mujer. Y a veces pensaba que Winifred era desagradable y pegajosa como la arcilla. Sus caderas femeninas eran anchas y terrenales, sus tobillos y sus brazos demasiado gruesos. Ursula quería una intensidad refinada, en lugar de aquella arcilla húmeda y densa que se resquebrajaba, que se resquebraja porque no tiene vida propia.

Winifred seguía queriendo a Ursula. Sentía verdadera pasión por su delicada llama, la colmaba constantemente de atenciones, habría hecho cualquier cosa por ella.


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