El arco iris

El arco iris

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Winifred Inger se quedó impresionada cuando Tom Brangwen entró en la biblioteca, con la chaqueta formalmente abotonada, la cabeza calva hasta la coronilla, pero no lustrosa, más bien como un objeto desnudo que uno está acostumbrado a ver cubierto, y los ojos oscuros, líquidos e informes. Parecía agazapado en la sombra, como un ser avergonzado. Su manera de dar la mano era tan suave, y al mismo tiempo tan contundente, que helaba el corazón. Winifred se asustó de él, la repelía y la atraía al mismo tiempo.

Brangwen miró a la joven atlética y de aire intrépido y detectó en ella a un ser afín en su propia y oscura corrupción. Supo a primera vista que eran iguales.

Era un hombre de modales educados, casi extranjeros, y bastante fríos. Conservaba aquella forma peculiar de reírse, arrugando la nariz ancha y enseñando los dientes afilados. La belleza delicada de su piel, casi como la cera, atenuaba su extraña y repelente grosería, la leve sensación de carne putrefacta, la vulgaridad que se revelaba en la barriga y los muslos gruesos.

Winifred captó al instante el aprecio respetuoso, ligeramente servil, ligeramente astuto que sentía por su sobrina, un aprecio que hacía sentirse a Ursula orgullosa y perpleja al mismo tiempo.

–¿Esto es tan horroroso como parece? –preguntó Ursula, con la mirada tensa.


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