El arco iris
El arco iris Hasta el embarazo de su madre soliviantaba a Ursula. ¡Qué complaciente era, qué satisfacción tan absoluta le producía la crianza! Anna Brangwen no toleraba la existencia de nada que no fueran las cosas corrientes, físicas e inmediatas. Ursula, enardecida, sufría con toda su angustia juvenil por alcanzar un ideal desconocido, un ideal inasible, incluso imposible de discernir o concebir. Rabiosa, combatía con la oscuridad que se alzaba contra ella. Y parte de aquella oscuridad era su madre. Circunscribirlo todo, como hacía su madre, a la esfera de las consideraciones físicas, y rechazar complacientemente cualquier otra realidad, era una aberración. Nada en absoluto interesaba a la señora Brangwen, aparte de sus hijos, la casa y los chismorreos del vecindario. Y no permitía que nada la rozara, no permitía que nada viviera cerca de ella. Iba de un lado a otro, embarazada, desaliñada, tranquila, con una especie de dignidad laxa, sin prisas, siempre complacida, siempre ocupada con los niños, con la sensación de que así satisfacía las aspiraciones del conjunto de la especie femenina.