El arco iris
El arco iris Había enfrentamientos. Ursula peleaba por las cosas que eran importantes para ella. Quería que los niños fueran menos groseros y menos tiranos, quería tener un espacio propio en la casa. Pero su madre la vencía, la vencía. Con la astucia instintiva de un animal de cría, la señora Brangwen ridiculizaba y despreciaba las pasiones de Ursula, sus opiniones, sus comentarios. Ursula intentó defender, en su propia casa, el derecho de las mujeres a ocupar la misma posición que los hombres en el campo de la acción y el trabajo.
–Sí –decía su madre–, ahí tienes un buen montón de calcetines listos para remendar. Que ése sea tu campo de acción.
A Ursula no le gustaba remendar calcetines, y esta contestación la sacaba de sus casillas. Odiaba a su madre a muerte. Al cabo de unas semanas de forzosa vida doméstica, estaba harta de su familia. La vida cotidiana, la trivialidad, el continuo sinsentido de todo se le hacía insufrible. Vociferaba y despotricaba, corregía y fastidiaba a los niños, daba la espalda con despectivo silencio a su prolífica madre, que la trataba con indiferencia y altivez, como si fuera una niña presuntuosa a la que no hay que tomar en serio.