El arco iris

El arco iris

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Ursula leía vagamente las noticias relacionadas con la guerra en Sudáfrica. La entristecían y procuraba enterarse lo menos posible. Pero Skrebensky estaba en África. De vez en cuando enviaba una postal. Sin embargo, Ursula era como un muro ciego para él, sin ventanas ni salida. Ella seguía apegada al Skrebensky de sus recuerdos.

Su amor por Winifred Inger había arrancado su vida de las raíces y de la tierra donde antes se encontraba Skrebensky, y había trasplantado a Ursula a un suelo árido. Anton ya no era nada más que un recuerdo. A raíz de su separación de Winifred, Ursula revivía este recuerdo con una extraña pasión. Skrebensky era para ella casi el símbolo de su vida real. Tenía la sensación de que a través de él, en él, podía volver a ser la que era antes de enamorarse de Winifred, antes de que esta falta de vida, este despiadado desarraigo, se apoderara de ella. Pero incluso sus recuerdos eran producto de su imaginación.

Soñaba con Anton y con ella tal como eran cuando estaban juntos. No era capaz de soñar con él en evolución, imaginar lo que estaría haciendo en este momento, cómo sería ahora su relación con ella. Alguna vez lloraba al pensar en lo mucho que había sufrido cuando él se marchó: ¡ay, cuánto había sufrido! Se acordaba de lo que había escrito en su diario.

«Si fuera la luna, sabría dónde caer.»


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