El arco iris

El arco iris

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Brangwen intentó entregarse de nuevo al órgano. Pero no podía. No podía regresar. Sentía como si una cuerda tirase miserablemente de él desde alguna parte.

Así, cuando volvió a casa después del ensayo del coro, tenía una expresión sombría y el corazón negro. De todos modos, no dijo nada hasta que los niños se fueron a la cama. Ursula sabía lo que se avecinaba.

Por fin, su padre preguntó:

–¿Dónde está esa carta?

Ursula se la dio. Su padre se sentó, mirándola. «Rogamos se presente en las oficinas arriba indicadas el próximo jueves…» Era una notificación fría y oficial incluso para Ursula, y no tenía nada que ver con él. ¡Vaya! Su hija existía como un ser social independiente. Podía responder a este aviso sin tener en cuenta a su padre. Él ni siquiera tenía derecho a interferir. Estaba tenso y furioso.

–¿Tenías que hacerlo a escondidas, verdad? –dijo con desprecio. Y a Ursula le dio un vuelco el corazón, el dolor la abrasaba. Supo que era libre: había roto sus lazos con él. Estaba derrotado.

–Dijisteis: «Que lo intente» –contestó, casi disculpándose.

Su padre no la oyó. Seguía mirando la carta.


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