El arco iris
El arco iris Hubo un silencio trémulo, Ursula estaba al borde del llanto.
–Bueno –dijo, en voz baja y tensa–, puedes prohibirme esto, pero no podrás impedir que encuentre una plaza. No pienso quedarme en casa.
–Nadie quiere que te quedes en casa –estalló su padre, poniéndose lÃvido de ira.
Ursula no dijo nada más. Se habÃa endurecido y sonreÃa en su propia arrogancia, en su indiferencia antagónica con todos ellos. En momentos como aquél deseaba quitarse la vida. Se marchó cantando:
C’est la mère Michel qui a perdu son chat
qui cri par la fenêtre qu’est-ce qui le lui rendra…[26]
Ursula pasó los dÃas siguientes animada y endurecida, cantando para sus adentros, cariñosa con sus hermanos, pero su alma se habÃa vuelto dura y frÃa con sus padres. No volvió a hablarse del asunto.
La firmeza y el buen ánimo le duraron cuatro dÃas. Después empezaron a resquebrajarse. AsÃ, una noche le dijo a su padre:
–¿Has preguntado lo de mi plaza?
–He hablado con el señor Burt.
–¿Qué ha dicho?
–Mañana se reúne el comité. El viernes me dará la respuesta.