El arco iris
El arco iris La primera semana transcurrió en una confusión ciega. Ursula no sabía cómo enseñar y tenía la sensación de que no aprendería nunca. El señor Harby pasaba por su clase de vez en cuando, para ver qué estaba haciendo. Se sentía profundamente inútil cuando él se plantaba a su lado, intimidante y bravucón, tan irreal que Ursula se echaba a temblar, se volvía neutra y nula. Él seguía vigilándola de todos modos, con aquella sonrisa receptiva y jovial en la mirada que era una verdadera amenaza. El director no decía nada, la obligaba a seguir con la lección, y Ursula se sentía hueca por dentro, sin alma. Por fin el director se retiraba, y su retirada era como una burla. La clase era suya. Ursula era una simple sustituta titubeante. El señor Harby pegaba y amenazaba a los alumnos, y los niños lo odiaban. Pero era él quien mandaba en el colegio. A pesar de que Ursula trataba a sus alumnos siempre con respeto y amabilidad, ellos pertenecían al señor Harby, no a ella. Como un oculto mecanismo invencible, el director se reservaba todo el poder. Y los alumnos reconocían su poder. Y lo que contaba en la escuela era el poder y nada más que el poder.