El arco iris

El arco iris

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El día pasó increíblemente despacio. Nunca sabía qué hacer, tenía horribles lagunas, momentos en los que sencillamente se quedaba parada delante de los niños; y, cuando empezaba una lección, fiándose de la información de alguna niña descarada, no sabía continuar como es debido. Los alumnos estaban al mando. Los trataba con respeto. Oía continuamente al señor Brunt. Como una máquina, siempre con la misma voz dura, alta e inhumana, el maestro proseguía con sus lecciones ajeno a todo. Y Ursula se sentía acorralada ante aquella inhumana cantidad de niños. No podía escapar. Ahí estaba su grupo de cincuenta niños dispares que dependían de su autoridad, una autoridad que aborrecían y despreciaban. Ursula tenía la sensación de que no podía respirar: iba a ahogarse, todo era completamente inhumano. Eran tantos que dejaban de ser niños. Eran un escuadrón. No podía hablarles como a niños, porque no eran niños individuales, eran un colectivo inhumano.

Llegó la hora de comer y, aturdida, desconcertada, solitaria, Ursula entró en la sala de profesores. Jamás se había sentido tan extraña ante la vida. Parecía como si acabara de desembarcar de un trance horroroso y desconocido en el que todo estaba sumido en el infierno, sometido a un sistema perverso y cruel. Y en realidad no era libre. La tarde que aún tenía por delante se acercaba como un suplicio.


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