El arco iris
El arco iris –No sé si mi plato estará caliente –dijo ella, inclinándose junto al hornillo. En parte esperaba que él la mirase, pero el señor Brunt no le prestó atención. Ursula tenÃa hambre y metió el dedo ávidamente en la cazuela, para ver si el guiso de coles de Bruselas con patatas y carne estaba a punto. No lo estaba.
–¿Verdad que es divertido preparar la comida? –dijo.
–No sé –contestó él, extendiendo una servilleta en la esquina de una mesa, sin mirar a Ursula.
–Supongo que vivirá muy lejos para volver a casa.
–Sà –dijo él. Por fin se incorporó y miró a la muchacha. TenÃa los ojos más azules, los ojos más penetrantes que Ursula habÃa visto jamás. La miró fijamente, con creciente hostilidad–. Yo en su lugar, señorita Brangwen –dijo, con gesto amenazante–, serÃa un poco más estricto con los alumnos.
Ursula se asustó.
–¿S� –preguntó, con dulzura, aunque aterrorizada–. ¿No soy suficientemente estricta?
–¡Porque –continuó él, sin hacerle caso– la derrotarán si no los mete en vereda inmediatamente! La derrotarán y le causarán problemas, hasta que Harby la despida… Eso es lo que va a pasar… No aguantará usted aquà otras seis semanas… –y se llenó la boca de comida– si no los mete en vereda inmediatamente.