El arco iris

El arco iris

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Ursula se sintió desfallecer. ¿Por qué tenía que asimilar todas estas cosas, por qué tenía que enseñar por la fuerza a cincuenta niños que no querían aprender, y sentirse continuamente amenazada por la envidia repugnante y vulgar de gente dispuesta a arrojarla a los pies de aquella manada de niños que la veían como una mediocre representante de la autoridad? Le daba pánico su tarea. Veía al señor Brunt, a la señorita Harby, a la señorita Schofield, a todos los maestros, quejarse de la ingrata tarea de imponer a tantos niños un sistema de disciplina mecánica para reducirlos a todos a un estado de obediencia y atención automáticas, y obligarlos luego a asimilar diversos conocimientos. El primer paso de la enorme tarea consistía en reducir a sesenta niños a un determinado estado de conciencia o existencia. Dicho estado tenía que producirse automáticamente, imponiendo el maestro su propia voluntad y la voluntad del conjunto de la autoridad escolar sobre la voluntad de los niños. La clave estaba en que el director y los maestros tuvieran una misma voluntad de ejercer la autoridad, para dominar la voluntad de los niños. Pero el director era un hombre sectario y corto de miras. Los maestros no se sometían a su voluntad, sus voluntades individuales se negaban a subordinarse. Y así, reinaba en el colegio un estado de anarquía que en última instancia dejaba a juicio de los niños qué tipo de autoridad debía existir.


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