El arco iris

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Y Ursula se desanimó mucho al ver que también Maggie Schofield había caído en la misma trampa mortal.

–La culpa es del señor Harby –dijo Maggie–. Creo que me moriría si tuviera que volver al aula grande… Con las voces del señor Brunt y el señor Harby… ¡Ah!…

Volvió la cabeza, profundamente dolida. Había cosas que no podía soportar.

–¿Tan horrible es de verdad el señor Harby? –preguntó Ursula, adentrándose en su propio temor.

–¡Ése! Es un matón –dijo la señorita Schofield, levantando los tímidos ojos oscuros, que ardieron de tortura y desprecio–. No es malo, si te llevas bien con él y le pides consejo y lo haces todo a su manera… Pero… ¡Todo es tan ruin! Todo se reduce a pelear por los dos flancos… Y esos niños ¡son tan zafios!

Hablaba con dificultad y creciente resentimiento. Saltaba a la vista que había sufrido. Se sentía humillada en lo más hondo. A Ursula le dolía verla así.

–Pero ¿por qué es tan horrendo? –preguntó, con impotencia.

–No se puede hacer nada –dijo Maggie–. Por un lado lo tienes en contra a él, y por otro lado, hace que los niños se vuelvan contra ti. Los niños son tremendos. Hay que decirles todo lo que tienen que hacer. Todo, todo, tiene que salir de ti. Lo poco que aprenden cuesta una barbaridad… Y así es.


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