El arco iris

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Así, se había metido en un lío monumental. En primer lugar, ofrecía a sus alumnos una relación que ellos, salvo en uno o dos casos, no tenían la sensibilidad suficiente para apreciar, y de este modo los demás quedaban al margen y se volvían contra ella. En segundo lugar, se estaba enfrentando pasivamente a la autoridad incuestionable del señor Harby, y esto la convertía en blanco fácil de los ataques de los demás profesores. Aunque no lo sabía a ciencia cierta, su instinto se lo advertía poco a poco. La torturaba la voz del señor Brunt. Siempre crispada, áspera, llena de odio, pero siempre monótona: la volvía loca, siempre la misma monotonía implacable y dura. Aquel hombre se había convertido en una máquina que funcionaba sin descanso. Sin embargo, el individuo que había en él vivía sometido a una fricción constante. ¡Era horroroso: todo odio! ¿Tenía que ser también ella así? Era consciente de la espantosa exigencia. Tenía que convertirse en lo mismo: olvidarse de su personalidad, convertirse en un instrumento, una abstracción, trabajar con determinados materiales, los alumnos, para alcanzar el objetivo de hacerles aprender equis cosas a diario. Y no podía someterse. No obstante era consciente de que el invencible cerco de hierro la iba encerrando poco a poco. Empezaba a no ver el cielo. A menudo, cuando salía al patio a la hora del recreo y veía un cielo radiante y azul, con sus nubes que cambiaban de forma, le parecía una pura fantasía, parte de un decorado. Su ánimo se había vuelto negro y estaba enredado en la enseñanza, su personalidad encerrada en una prisión, abolida, sometida a una voluntad perversa y destructiva. ¿Cómo podía el cielo brillar de esa manera? No había cielo, no había aire libre y luminoso. Lo único real era el interior del colegio: duro, concreto, real y maligno.


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