El arco iris
El arco iris A pesar de todo, no estaba dispuesta a consentir que el colegio la venciera. Se decía a todas horas: «No es para siempre, terminará». Siempre lograba ver más allá, ver el momento en que lo abandonaba. Los domingos, y en vacaciones, cuando estaba en Cossethay o en los bosques, donde las hayas habían perdido sus hojas, pensaba en el colegio de la iglesia de St. Philip y, con un esfuerzo de la voluntad, se representaba la imagen como un edificio sucio, pequeño y alargado que formaba un pequeño montículo bajo el cielo, mientras los inmensos hayedos se extendían a su alrededor y la tarde era espaciosa y magnífica. Los niños, los profesores, eran objetos insignificantes y remotos, muy remotos. Y ¿qué poder tenían sobre su espíritu libre? No eran nada más que un pensamiento fugaz, mientras paseaba levantando a puntapiés las hojas de las hayas, y ¡se esfumaban! Sin embargo, su voluntad se encontraba en continua tensión frente al colegio.
Profesores y alumnos la perseguían a todas horas. Jamás había sentido tanta pasión por la belleza del entorno. Sentada en el tranvía, por las tardes, el colegio a veces se borraba mientras Ursula contemplaba una espléndida puesta de sol. Y su corazón, incluso sus manos, clamaban por el delicioso resplandor del crepúsculo. Sentía un anhelo desesperado, casi doloroso. Casi llegaba a gritar en voz alta, ante la visión de aquel espléndido atardecer.