El arco iris

El arco iris

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Uno de sus delitos era que sus alumnos hacían mucho ruido y molestaban al señor Harby, que daba clases a séptimo en la otra punta del aula. Una mañana, Ursula puso a sus alumnos un ejercicio de redacción y empezó a pasearse entre los pupitres. Algunos niños tenían las orejas y el cuello sucio, olían mal, pero Ursula era capaz de pasarlo por alto. Iba corrigiendo entre las filas de bancos.

–Si decís que «tienen el pelaje marrón», ¿cómo se escribe «pelaje»? –preguntaba.

Había una pausa: los niños siempre se reían antes de responder. Habían empezado a burlarse de su autoridad sin reservas.

–Por favor, señorita: p-e-l-a-j-e –deletreó un chico en voz alta, con un deje burlón.

En ese momento pasaba por ahí el señor Harby.

–¡Levántate, Hill! –gritó.

Todos se sobresaltaron. Ursula miró al niño. Saltaba a la vista que era pobre, y muy ingenioso. Tenía el flequillo tieso, y el resto del pelo pegado a la cabeza flaca. Estaba pálido y demacrado.

–¿Quién te ha dicho que grites? –tronó el señor Harby.

El niño miró arriba y abajo, con aire culpable, cínico y reservado.

–Por favor, señor, estaba respondiendo –contestó, con la misma insolencia humilde.


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