El arco iris

El arco iris

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–¡A mi mesa!

El chico echó a andar por el aula, con la chaqueta grande y negra arrugada y colgando como un pingajo triste, arrastrando las piernas delgadas, llenas de magulladuras en las rodillas, con la pesadez de los indigentes, sin apenas levantar los pies, calzados con unas botas fuertes. Ursula lo vio arrastrarse despacio por el aula. ¡Era uno de sus alumnos! Cuando llegó a la mesa del señor Harby, el niño dirigió una mirada con gesto furtivo a los chicos de séptimo, con una especie de sonrisa astuta y un desprecio doloroso. Luego, abatido, pálido, desaliñado, esperó amenazado por la mesa del director, con una pierna flaca doblada y la rodilla y el pie vueltos hacia fuera, las manos en los bolsillos caídos de su chaqueta de hombre.

Ursula intentó concentrarse en la clase. El niño le inspiraba cierto terror, a la vez que ardía de compasión por él. Tenía ganas de gritar. Era culpable del castigo que iba a recibir. El señor Harby la observaba mientras escribía en la pizarra. A continuación se volvió a los alumnos.

–Dejad las plumas –dijo.

Los alumnos dejaron las plumas y lo miraron.

–Brazos cruzados.

Retiraron los libros y cruzaron los brazos.

Ursula estaba paralizada, no podía reaccionar.


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