El arco iris

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Continuó corrigiendo las sumas. Pero los niños eran demasiados. No podía atenderlos a todos. Y Hill seguía presente en su conciencia. Por fin, el niño dejó de llorar y se puso a jugar en silencio, hecho un ovillo, con las manos encima del pupitre. Tenía churretes de lágrimas en las mejillas y una expresión limpia en la mirada, una especie de palidez como el cielo después de la lluvia. No guardaba ningún rencor. Ya se había olvidado de todo y esperaba recuperar la normalidad.

–Sigue con tus ejercicios, Hill –dijo Ursula.

Los niños no se tomaban en serio las operaciones aritméticas, y Ursula lo sabía, hacían trampas. Escribió otra suma en la pizarra. No daba abasto para toda la clase. Volvió al frente para vigilar. Algunos habían terminado. Otros no. ¿Qué debía hacer?

Por fin llegó la hora del recreo. Dio la orden de parar y, bien que mal, consiguió que los niños salieran del aula. Entonces se enfrentó al desordenado montón de cuadernos sin corregir y llenos de tachones, de reglas rotas y plumas mordisqueadas. Y se descompuso de angustia. Estaba cada vez más hundida en la miseria.


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