El arco iris

El arco iris

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Los problemas se perpetuaban día a día. Siempre tenía montones de cuadernos que calificar, infinidad de errores que corregir, una tarea agotadora, que Ursula aborrecía. Y la situación iba de mal en peor. Cuando intentaba dedicarse algún elogio, diciéndose que las redacciones eran más vivas, más interesantes, veía que la caligrafía era cada vez más descuidada, que los cuadernos estaban más sucios e impresentables. Hacía cuanto podía, pero era inútil. No iba a tomárselo en serio. ¿Por qué tenía que hacer eso? ¿Por qué tenía que decirse que era importante, cuando ni siquiera era capaz de enseñar a los niños a escribir con pulcritud? ¿Por qué tenía que culparse?

Llegó el día de paga, y Ursula recibió cuatro libras, dos chelines y un penique. Ese día se sintió muy orgullosa. Nunca había tenido tanto dinero. Y se lo había ganado ella sola. Se sentó en el tranvía acariciando las monedas, temerosa de perderlas. La hacían sentirse reconocida y fuerte. Y, cuando llegó a casa, le dijo a su madre:

–Hoy he cobrado, madre.

–Sí –dijo su madre con frialdad.

Ursula dejó cincuenta chelines encima de la mesa.

–Por mi manutención –dijo.

–Sí –contestó su madre, sin coger el dinero.


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