El arco iris
El arco iris De vez en cuando, el señor Harby se abatía sobre los cuadernos como un ave de presa. Pasaba una hora entera recorriendo los pupitres, cogiendo los cuadernos uno por uno, comparando las páginas una por una, mientras Ursula, a su lado, soportaba las observaciones y los errores que él le señalaba delante de los niños. Era cierto que, desde su llegada, los cuadernos de redacción se habían vuelto cada vez más descuidados, desordenados y sucios. El señor Harby señalaba las páginas de la época anterior al régimen de Ursula y a continuación las posteriores, y montaba en cólera. Obligaba a muchos niños a coger sus cuadernos y ponerse delante de la clase. Y, cuando terminaba de examinar a conciencia a los alumnos callados y temblorosos, azotaba de buena gana a los autores de los delitos más graves, a la vista de todos los demás, verdaderamente poseído de rabia y decepción.
–¡Es increíble esta situación en una clase! ¡Es sencillamente vergonzoso! ¡No entiendo cómo habéis podido llegar a esto! Vendré todos los lunes a revisar los cuadernos. Así que no creáis que porque nadie os vigila vais a libraros de desaprender todo lo que habéis aprendido y volver a tercero hasta que no estéis capacitados. Revisaré todos los cuadernos todos los lunes…