El arco iris

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Y dicho esto se marchaba echando chispas, con su vara, obligando a Ursula a enfrentarse a los alumnos pálidos y temblorosos: los rostros infantiles como un muro virgen de rencor, miedo y amargura, con el corazón rebosante de rabia y desprecio por Ursula más que por el director, la miraban fijamente con la acusadora expresión inhumana y fría de los niños. Y Ursula apenas acertaba a pronunciar unas palabras mecánicas. Cuando les daba una orden, los niños obedecían con insolencia y brusquedad, como si dijeran: «¿Crees que te obedeceríamos si no fuera por el director?». Ursula mandaba sentarse a los niños llorosos y apaleados, sabiendo que también se burlaban de ella y de su autoridad, que la responsabilizaban, por su debilidad, del castigo recibido. Y era plenamente consciente de la situación, tanto que incluso el horror que le inspiraban el castigo físico y el sufrimiento se transformaba en un dolor más profundo, en un juicio moral peor que cualquier herida.

A lo largo de la semana siguiente revisaría los cuadernos y castigaría los errores. Tomó la decisión con frialdad. Sus deseos personales dejaron de existir al menos por este día. No pondría nada de sí en el colegio. Sería exclusivamente la maestra de quinto curso. Ésa era su obligación. En el colegio, no sería nada más que la maestra de quinto curso. Tenía que olvidarse de Ursula Brangwen.


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