El arco iris

El arco iris

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Así, pálida, encerrada, distante e impersonal por fin, dejó de ver a los niños, cómo bailaban sus ojos, su alma pequeña y extraña a la que no había que atormentar con cosas como tener buena letra si eran capaces de plasmar sus pensamientos. No veía a los niños, solamente la tarea por hacer. Y, sin perder de vista la tarea, sin fijarse en los niños, apartó cualquier consideración personal para castigar en lugar de simpatizar, comprender y perdonar, para aceptar lo que antes sencillamente no le interesaba. Pero sus intereses ya no tenían cabida.

Era un suplicio, para la muchacha inteligente e impulsiva de diecisiete años, adoptar una actitud distante y formal, sin establecer un vínculo personal con los niños. Por espacio de unos días, después del suplicio del lunes, perseveró y cosechó algunos resultados. Pero aquél no era su estado natural, y poco a poco se fue relajando.

Hasta que llegó otro castigo. No había plumas suficientes para toda la clase. Mandó a un niño a pedírselas al señor Harby. El director vino en persona.

–¿No hay plumas suficientes, señorita Brangwen? –pregunto, con la sonrisa y la calma de la ira desmesurada.

–No, nos faltan seis –contestó Ursula, con las piernas temblorosas.


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