El arco iris
El arco iris Estaba temblando de la cabeza a los pies. Un chico grande y hosco, que no era malo pero sí muy difícil, se acercó con paso arrastrado. Ursula siguió con la lección, consciente de que Williams le hacía muecas a Wright y de que Wright se reía a sus espaldas. Estaba asustada. Se volvió de nuevo al mapa. Y estaba asustada.
–Por favor, señorita, Williams… –gritó una voz penetrante, y un chico de la última fila se levantó, con las cejas apretadas en una mueca de dolor, riéndose a medias de su dolor, a medias enfadado de verdad con Williams–. Por favor, señorita, me ha pellizcado –dijo, frotándose la pierna, muy compungido.
–Ven aquí, Williams –dijo Ursula.
El niño con cara de rata y sonrisa pálida no se movió de su asiento.
–Ven aquí –repitió Ursula, esta vez en tono tajante.
–No quiero –dijo el niño, gruñendo como una rata, sonriendo abiertamente.