El arco iris
El arco iris –Nada –contestó el niño, insolente, ofendido, cómico.
–Si tengo que volver a llamarte la atención, irás a ver al señor Harby –dijo Ursula.
Pero Williams era capaz de medirse incluso con el señor Harby. Era un chico insistente, rastrero y escurridizo, aullaba de tal modo cuando recibÃa unos azotes que el director se enfadaba más con la maestra, por enviarlo, que con el propio niño. Porque del niño estaba más que harto. Williams lo sabÃa. Se reÃa sin disimulo.
Ursula volvió al mapa para continuar con la lección de geografÃa. Pero el germen ya empezaba a propagarse por el aula. El espÃritu de Williams los contagiaba a todos. Ursula oyó un revuelo y se echó a temblar por dentro. Si todos se rebelaban contra ella, estaba vez estarÃa vencida.
–Por favor, señorita –pidió una voz angustiada.
Ursula dio media vuelta. Un alumno por el que Ursula sentÃa simpatÃa sostenÃa con gesto compungido un cuello de celuloide roto. Ursula oyó la queja y se sintió inútil.
–Ven aquÃ, Wright –dijo.