El arco iris
El arco iris Y se sentó con intención de corregir algunos cuadernos. Estaba temblando y enfadada. Y el dichoso niño se pasó una hora entera retorciéndose y riéndose. Al final habÃa escrito cinco lÃneas.
–Como ya no hay tiempo –dijo Ursula–, terminarás lo que falta esta tarde.
El niño se marchó con insolencia, dando patadas por el pasillo.
Llegó la tarde. Ahà tenÃa a Williams, mirándola fijamente, y a Ursula le latÃa con fuerza el corazón, consciente de que entre ellos se habÃa declarado la guerra. Lo vigilaba de cerca.
En clase de geografÃa, mientras Ursula señalaba el mapa con su vara, el niño no paraba de esconder la cabeza blanquecina debajo del pupitre, para llamar la atención de sus compañeros.
–Williams –dijo Ursula, armándose de valor, porque era imperativo dirigirse a él en aquel momento–, ¿qué estás haciendo?
El niño levantó la cabeza, sonriendo a medias con los ojos irritados. HabÃa algo intrÃnsecamente obsceno en él. Ursula se asustó.
–Nada –contestó Williams, con sensación de victoria.
–¿Qué estás haciendo? –repitió Ursula, que se ahogaba de tan fuerte como le latÃa el corazón.