El arco iris
El arco iris –Perdón, señorita, se me ha escapado la pluma –gimoteó el niño, en un tono de burla que empleaba con mucha astucia. Los demás soltaron una carcajada. Porque Williams era todo un actor. SabÃa picar con mucha sutileza los sentimientos del público. Animaba a los que estaban de su parte a ridiculizar a la maestra o cualquier otra autoridad que no le inspirara temor. TenÃa este singular instinto carcelario.
–Tendrás que quedarte a repetir la página –dijo Ursula.
Esto era impropio de su sentido de la justicia, y el niño se lo tomó a broma. A las doce, la maestra lo sorprendió cuando ya se escabullÃa.
–Williams, siéntate –dijo.
Y se sentaron los dos, cada uno en su sitio, el niño enfrente de Ursula, en el último pupitre, sin dejar de mirarla con ojos furtivos.
–Por favor, señorita, tengo que hacer un recado –dijo, con descaro.
–Tráeme el cuaderno –contestó Ursula.
El niño se acercó dando golpes a los pupitres con el cuaderno. No habÃa escrito ni una sola lÃnea.
–Vuelve a tu sitio y haz la redacción –dijo Ursula.