El arco iris
El arco iris Sabía que, si lo soltaba, el chico saldría corriendo por la puerta. Ya se había escapado una vez. Conque cogió la vara, que estaba encima de su mesa, y lo azotó. Williams se retorcía y pataleaba. Ursula le vio la cara, blanca, con los ojos como un pez, petrificados, pero rebosantes de odio y terror. Y sintió un desprecio inmenso, casi insuperable, por aquel bulto espantosamente retorcido. Horrorizada de que pudiera derrotarla, pero muy serena en su fuero interno, siguió azotándolo, mientras el chico se resistía, emitía ruidos inarticulados y le lanzaba rabiosas patadas. Consiguió sujetarlo con una mano y alcanzarlo con la vara de vez en cuando. Williams se retorcía como una furia. Pero el dolor de los azotes hizo mella en su violento y rebelde valor de cobarde, caló más hondo, hasta que al fin, con un gemido prolongado que se convirtió en grito, se dio por vencido. Ursula lo soltó, y el chico se abalanzó sobre ella, con los dientes y los ojos centelleantes. Por un instante, un pánico angustioso se apoderó de la maestra: aquello era una bestia salvaje. Entonces lo agarró y le dio con la vara. Varias veces, enloquecido, fuera de sí, Williams se retorció y la embistió para darle una patada. Pero la vara lo aniquiló una vez más, se dejó caer, con un aullido desgarrador, y se quedó en el suelo, aullando como un animal apaleado.
El señor Harby llegó corriendo cuando la actuación estaba a punto de concluir.