El arco iris
El arco iris –¿Qué pasa? –vociferó.
Ursula tuvo la sensación de que iba a romperse por dentro.
–Le he pegado –dijo, con el pecho a punto de estallar, esforzándose para sacar las palabras con la última gota de aliento. El director se quedó paralizado de rabia, impotente. Ursula miró el bulto retorcido que aullaba en el suelo.
–Levántate –dijo. El bulto retorcido se alejó de ella. Ursula dio un paso al frente. HabÃa reparado un segundo en la presencia del director, pero ya se habÃa olvidado de él–. Levántate –repitió. Y el chico se levantó con un movimiento rápido. Los aullidos se convirtieron en gimoteos enajenados. Estaba fuera de sÖ. Ve al radiador y quédate ahà –dijo Ursula.
Mecánicamente, gimoteando, Williams obedeció.
El director parecÃa privado de facultades para moverse o hablar. Se habÃa puesto amarillo, retorcÃa las manos convulsivamente. Pero Ursula seguÃa implacable, no muy lejos de él. Nada la afectaba ahora: estaba por encima del señor Harby. Se sentÃa mortalmente profanada.
El director murmuró unas palabras incomprensibles, dio media vuelta y cruzó el aula hasta el fondo, donde se le oyó vociferar a sus alumnos, desquiciado de rabia.