El arco iris
El arco iris Williams gimoteaba ciegamente al lado del radiador. Ursula miró a sus alumnos. Cincuenta caras pálidas la observaban y un centenar de ojos la miraban fijamente, atentos, sin ninguna expresión.
–Sacad los libros de historia –dijo a los encargados.
Se hizo un silencio mortal. Ursula volvió a oír el tic-tac del reloj, y el ruido sordo de los montones de libros que sacaban de un armario. A continuación sonó el aleteo de los libros en los pupitres. Los niños se los pasaban en silencio de mano en mano, trabajando al unísono. Habían dejado de ser una manada, estaban separados y aislados en su silencio.
–Abrid la página 125 y leed el tema –dijo Ursula.
Se oyó el chasquido de los libros al abrirse. Los niños encontraron la página y empezaron a leer, obedientes, agachando la cabeza. Leían mecánicamente.
Presa de un violento temblor, Ursula fue a sentarse. Williams seguía gimoteando. La voz estridente del señor Brunt, el rugido del señor Harby, llegaban amortiguados por la mampara de cristal. Y, de vez en cuando, un par de ojos se apartaban de la lectura y se posaban unos instantes en la maestra, vigilantes, como si hicieran cierto cálculo impersonal antes de volver al libro.