El arco iris
El arco iris Ursula lo siguió hasta el patio, donde se encontró con una mujer delgada y pálida, no mal vestida, con un vestido gris y un sombrero violeta.
–He venido por Vernon –dijo la mujer, con acento educado. Su aspecto en conjunto era refinado y limpio, en curiosa contradicción con su actitud ligeramente mendicante y el rechazo físico que inspiraba, como un objeto podrido por dentro. No era ni una señora ni una mujer ordinaria, casada con un obrero, sino un ser aislado de la sociedad. A juzgar por su indumentaria, no era pobre.
Ursula comprendió al instante que era la madre de Williams, y que el chico era Vernon. Recordó que siempre iba limpio y bien vestido, con un traje de marinero. Y que tenía el mismo aspecto peculiar, en parte insano y transparente, como un cadáver.
–No ha podido venir a clase hoy –continuó la mujer, con falsa cortesía–. Ayer volvió a casa muy enfermo, se encontraba muy mal… Creí que iba a tener que avisar al médico. Ya sabe usted que no está bien del corazón.
La mujer miró a Ursula, con ojos pálidos y muertos.
–No –contestó la muchacha–. No lo sabía.