El arco iris

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Se quedó paralizada de repugnancia e incertidumbre. El señor Harby, grande y masculino, con su imponente bigote, estaba a su lado, con una leve y desagradable sonrisa en la mirada. La mujer continuó insidiosamente, como si fuera del todo humana:

–Pues sí. Tiene una enfermedad del corazón desde muy pequeño. Por eso a veces falta a clase. Y pegarle está muy mal. Esta mañana estaba muy enfermo… Pasaré a avisar al médico de camino a casa.

–¿Quién está con él ahora? –terció astutamente la voz profunda del director.

–Lo he dejado con la mujer que viene a ayudarme… Ella lo entiende bien. Pero avisaré al médico de camino a casa.

Ursula seguía quieta. Detectaba una vaga amenaza en la situación. Pero la mujer le resultaba tan profundamente extraña que no la comprendía.

–Me ha contado que le han pegado –continuó la mujer–, y, cuando lo desnudé para meterlo en la cama, vi que tenía el cuerpo lleno de marcas. Se las puedo enseñar a cualquier médico.

El señor Harby miró a Ursula para que ella respondiera. Ursula empezaba a comprender. La madre amenazaba con denunciar la agresión contra su hijo, contra ella. Tal vez quisiera dinero.

–Le di unos azotes –dijo–. Me estaba incordiando mucho.


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