El arco iris
El arco iris –Siento que la incordiara –contestó la mujer–, pero han debido de darle una paliza vergonzosa. Puedo enseñarle las marcas a cualquier médico. Estoy segura de que eso no está permitido, si llega a saberse.
–No paraba de darme patadas mientras lo castigaba –dijo Ursula, que empezaba a enfadarse al darse cuenta de que en cierto modo se estaba disculpando. El señor Harby observaba la situación con un brillo en la mirada, disfrutando del dilema en que se encontraban las dos mujeres.
–Le aseguro que siento mucho que se haya portado mal –dijo la mujer–. Pero no creo que merezca ese trato. No puedo traerlo al colegio, y lo cierto es que tampoco puedo pagar a un médico. ¿Se permite a los profesores pegar a los niños de esa manera, señor Harby?
El director se negó a contestar. Ursula se despreciaba y despreciaba al señor Harby, con su mirada centelleante, perversa y astuta. La mezquina mujer aguardaba su oportunidad.
Ursula seguÃa sin responder. Miró el patio asfaltado, por el que volaba un trozo de papel sucio.
–Estoy segura de que no se permite pegar a un niño de esa manera, sobre todo cuando está delicado de salud.
Ursula no dejaba de mirar el patio, como si no oyera. La situación era desesperante, y habÃa dejado de sentir o de existir.