El arco iris
El arco iris La propia docencia llegó a convertirse casi en un acto mecánico. Era una prueba para ella, una prueba ardua y agotadora, siempre antinatural. No obstante, encontraba cierto placer en el olvido absoluto de la enseñanza, tanta tarea, tantos niños que atender, tantas cosas de las que ocuparse, y llegaba a olvidarse de sí misma. Cuando el trabajo se convirtió en rutina, y su espíritu logró quedarse al margen, desarrollarse en otra parte, Ursula estaba casi feliz.
Su verdadera personalidad individual se afianzó y cobró mayor coherencia a lo largo de estos dos años de enseñanza, en combate con los pormenores de su cometido. Sentía el colegio como una prisión. Pero era una prisión en la que su espíritu desenfrenado y caótico se endurecía y conquistaba su independencia. Cuando se sentía bien, cuando no estaba cansada, no aborrecía la enseñanza. Disfrutaba siguiendo el ritmo del trabajo a lo largo de la mañana, aplicándose con todas sus fuerzas para que el mecanismo funcionara como es debido. Era una modalidad de ejercicio extenuante. Y su espíritu podía descansar, disponía del tiempo de letargo necesario para recuperar las fuerzas. Aun así, las horas de enseñanza eran demasiado largas, las tareas demasiado tediosas, y la disciplina del colegio demasiado antinatural para Ursula. Adelgazó mucho y estaba débil.