El arco iris
El arco iris Así, siguió estudiando para ir bien preparada. Estudiaba francés, latín, inglés, matemáticas y botánica. Iba a clases en Ilkeston, por las tardes. Porque tenía que conquistar aquel mundo, adquirir aquellos conocimientos, conseguir aquella titulación. Y se aplicaba a fondo, movida por una necesidad interior. Prácticamente todo quedaba ahora subordinado a este deseo de ocupar su lugar en el mundo. No se preguntaba cómo sería ese lugar. El deseo la impulsaba ciegamente. Tenía que ocupar su lugar.
Sabía que nunca llegaría ser una maestra extraordinaria. Pero tampoco había fracasado. Lo aborrecía, pero había logrado tomar las riendas.
Maggie dejó el colegio St. Philips cuando encontró un puesto más agradable. Las jóvenes siguieron siendo amigas. Coincidían en las clases nocturnas, estudiaban y se infundían mutuamente ánimo y esperanza. No sabían adónde iban ni lo que querían en definitiva. Pero sabían que querían aprender, conocer y actuar.
Hablaban del amor y el matrimonio, y de la posición de la mujer en el matrimonio. Maggie decía que el amor era la flor de la vida, que florecía inesperadamente, sin atenerse a ninguna ley, y había que cogerla donde se encontrara y disfrutar de su breve duración.