El arco iris
El arco iris Esto a Ursula no la convencía. Creía que aún seguía enamorada de Anton Skrebensky. Pero no podía perdonarle que no hubiera tenido la fortaleza suficiente para reconocerla. La había rechazado. Entonces ¿por qué lo amaba? ¿Por qué era el amor tan absoluto? No lo creía. Creía que el amor era un medio, no un fin en sí mismo, como parecía pensar Maggie. Y siempre encontraría el camino del amor. Pero ¿adónde llevaba?
–Creo que hay muchos hombres en el mundo a los que una podría amar… No existe el hombre único –decía Ursula.
Pensaba en Skrebensky. Su corazón se había quedado vacío después de conocer a Winifred Inger.
–Pero hay que distinguir entre el amor y la pasión –decía Maggie, y con un deje de desprecio, añadía–: Es muy fácil que un hombre se apasione por una mujer, pero no que la ame.
–Sí –asentía Ursula, con vehemencia y una expresión de dolor, casi con fanatismo–. La pasión no es más que una parte del amor. Y parece tan importante solo porque sabemos que no puede durar. Por eso en la pasión nunca hay felicidad.