El arco iris
El arco iris Llegó el momento. Iba a la ciudad a diario, en tren. La quietud del claustro la envolvía poco a poco.
Al principio no estaba decepcionada. El gran edificio de piedra, en una calle tranquila, bordeado de césped y limeros, rezumaba paz: lo sentía remoto como un territorio mágico. Su arquitectura era absurda, según su padre. Sin embargo, era un edificio distinto de todos los demás. Su forma gótica, muy bonita, como de juguete, casi tenía estilo en contraste con la sucia ciudad industrial.
A Ursula le gustaba el vestíbulo, con la imponente chimenea de piedra y los arcos góticos que soportaban la galería superior. En realidad, los arcos eran feos, la talla de la chimenea parecía de cartón, con su decoración heráldica, y resultaba absurda en combinación con el radiador y el soporte para las bicicletas, enfrente, mientras el gran tablón de anuncios, cubierto de papeles temblorosos, privaba a la pared del fondo de toda sensación de retiro o misterio. Por amorfo que fuera, sin embargo, el vestíbulo guardaba reminiscencias de los extraordinarios orígenes monacales de la educación. El espíritu de Ursula se remontaba a los tiempos medievales, cuando los monjes de Dios conservaban el conocimiento de la humanidad y lo impartían a la sombra de la religión. Con este ánimo entró en la universidad.