El arco iris
El arco iris La dureza y la vulgaridad de los pasillos y los guardarropas le parecieron hirientes a primera vista. ¿Por qué no eran bonitos? De todos modos, no se atrevía a expresar ninguna crítica. Se encontraba en un terreno sagrado.
Deseaba que todos los estudiantes tuvieran un espíritu puro y noble, que todos hablaran únicamente de las cosas verdaderamente genuinas, que sus semblantes fueran serenos y luminosos como los semblantes de las monjas y los monjes.
Por desgracia, resultó que las chicas parloteaban, se reían y estaban nerviosas, muy bien vestidas y envaradas, y los chicos parecían bufonescos y mezquinos.
A pesar de todo, era una maravilla andar por los pasillos con los libros en la mano, empujar la puerta batiente de cristal y entrar en el aula grande donde iba a impartirse la primera clase. Las ventanas eran grandes y majestuosas, el sinfín de pupitres marrones aguardaba a los estudiantes, la inmensa pizarra, detrás de la tribuna, estaba impoluta.
Ursula se sentó al lado de la ventana, bastante al fondo. Los limeros empezaban a ponerse amarillos, el chico de los recados pasó en silencio por la apacible y soleada calle otoñal. Ahí fuera estaba el mundo, remoto, muy remoto.