El arco iris
El arco iris Dentro, en el interior de la grande y susurrante caracola marina, que murmuraba sin cesar reminiscencias de los siglos, como si el tiempo se hubiera extinguido, el eco del conocimiento abarcaba el silencio atemporal.
Ursula escuchaba y tomaba notas con alegría, casi en éxtasis, sin criticar en ningún momento lo que llegaba a sus oídos. El profesor, como un altavoz, era un sacerdote. Subido a la tribuna, con su túnica negra, algunas hebras de la susurrante confusión de conocimientos que impregnaba el ambiente parecían distinguirse y entrelazarse con sus palabras mientras él impartía su conferencia.
En un primer momento, Ursula se abstuvo de hacer críticas. No veía a los profesores como hombres, hombres corrientes que comían tocino y se calzaban las botas antes de venir a la universidad. Eran los sacerdotes del conocimiento, con sus túnicas negras, los eternos guardianes de un templo remoto y callado. Eran los iniciados, el principio y el fin del misterio que custodiaban.