El arco iris
El arco iris Las clases le deparaban un curioso placer. Era un placer escuchar las teorías pedagógicas, era una libertad y una dicha inmensas explorar la propia materia del conocimiento, ver cómo se movía, vivía y tenía un ser propio. ¡Qué felicidad le inspiraba Racine! No sabía por qué. Pero, a medida que se desplegaban los versos del drama, tan certeros, tan bien medidos, Ursula se sentía transportada al reino de la realidad. En latín estaban leyendo a Livio y Horacio. El curioso ambiente de intimidad y chismorreo que reinaba en la clase de latín casaba a la perfección con Horacio. En realidad, Ursula nunca prestaba atención ni a Horacio ni a Livio. Había una falta de rigor absoluta en los cuchicheos del aula. Se esforzaba con ahínco en recuperar su antigua afinidad con el espíritu romano. Sin embargo, el latín se convertía poco a poco en mero chismorreo artificial, en simple cuestión de verbosidad y de modales.
La clase de matemáticas le daba pavor. El profesor iba demasiado deprisa, y Ursula se desesperaba, se le ponían los nervios de punta. Se esforzaba, cuando estudiaba por su cuenta, en entender la materia.