El arco iris
El arco iris De muy lejos, del horizonte, se acercaba despacio un anhelo apasionado y todavía por nacer. «Hay tantos amaneceres que aún no se han levantado[28]». De los confines del mar, sentía que la llamaban todos los amaneceres que aún no se habían levantado, sentía que su alma, todavía por nacer, llamaba a gritos a los amaneceres que aún no se habían levantado.
Se sentaba a contemplar el mar delicado, con su brillo tan hermoso y veloz, y un sollozo estallaba en su pecho, hasta que se mordía los labios y las lágrimas se abrían camino. Y, con cada sollozo, Ursula se reía. ¿Por qué lloraba? No quería llorar. Era todo tan hermoso que la hacía reír. Era todo tan hermoso tan hermoso que la hacía llorar.
Miraba con recelo a su alrededor, confiando en que nadie la viera en aquel estado.
Un día, el mar estaba embravecido. Vio acercarse el agua hasta la costa, vio una ola grande, que corría en secreto, romper contra una roca y estallar en espuma, envolviéndolo todo en una espléndida belleza blanca, y retirarse a continuación, dejando al descubierto la roca negra y chorreante. Y, cuando la ola estallaba en su blancura, ¡lo que estaba haciendo era liberarse!
A veces paseaba por el puerto, se fijaba en los curtidos marineros con sus jerséis azules, apoyados en el malecón, que se reían de la impúdica y elocuente mirada de Ursula.