El arco iris
El arco iris –SÃ, quiero –dijo, en un tono impersonal, mirándolo con unos ojos grandes e inocentes, recién abiertos, abiertos ahora con una verdad suprema. Brangwen se puso blanco y no se movió, pero ella habÃa apresado sus ojos, y estaba sufriendo. Lo miraba con unos ojos grandes, recién abiertos, casi como una niña y, con un movimiento peculiar, que fue para él un auténtico suplicio, acercó despacio la cara y el pecho, con la lenta insinuación de un beso que provocó una explosión en el cerebro de Brangwen mientras la oscuridad lo envolvÃa unos instantes.
La tenÃa entre sus brazos y, completamente anulado, la besó. Experimentó una angustia y un estremecimiento absolutos al despegarse de sà mismo. La sentÃa pequeña, ligera y entregada en sus brazos, como una niña, pero, al mismo tiempo, la insinuación del abrazo carnal, del abrazo infinito, era tan profunda que no podÃa soportarlo, no podÃa resistirlo.
Volvió la cabeza en busca de una silla y, sin dejar de abrazarla, se sentó, con ella pegada a su pecho. Entonces, por espacio de unos segundos, se quedó profundamente dormido, dormido y herméticamente encerrado en el sueño más oscuro, en el más completo y radical olvido.