El arco iris

El arco iris

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Poco a poco salió de aquel estado, sin dejar de sentir en ningún momento la cercanía de ella, que, tan callada como él, se entregaba al mismo olvido, a la misma oscuridad fecunda.

Regresó poco a poco, recién creado, como si emergiera de una gestación, de un renacimiento, en el útero de la oscuridad. Todo era etéreo y leve, nuevo como una mañana, fresco como un comienzo. Como un amanecer, todo se colmó de dicha y de frescura. Y ella se quedó completamente inmóvil junto a Brangwen, como si sintiera lo mismo que él.

Al cabo de un rato lo miró, con los ojos grandes y jóvenes resplandecientes de luz. Y él se inclinó y la besó en los labios. Y el amanecer estalló dentro de ellos, una luz nueva los atravesó, una sensación que superaba todo lo imaginable, tan gozosa como una extinción, un pecado. De repente, él quiso abrazarla con fuerza.

Porque la luz que iluminaba a la mujer comenzaba a apagarse poco a poco y, aún en los brazos de él, hundió la cabeza en su pecho y se quedó muy quieta, con la cabeza hundida, algo cansada, borrada por el cansancio. Y había en su cansancio cierta negación.

–Está la niña –dijo, al cabo de aquel largo silencio.


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