El arco iris
El arco iris La vida transcurría al margen de sus estudios, por qué, no lo sabía. Pero lo cierto era que los estudios le parecían una farsa, espurios: espurios arcos góticos, espuria paz, espurio clasicismo latino, espuria dignidad francesa, espuria ingenuidad de Chaucer. La universidad era una almoneda en la que uno adquiría el equipamiento necesario para examinarse. Era un simple elemento accesorio de las fábricas de la ciudad. Esta percepción fue calando progresivamente en su ánimo. Aquello no era un retiro religioso, un espacio de reclusión y conocimiento puro. Era un taller de aprendices en el que se enseñaba a ganar dinero. La propia universidad, un insignificante y precario laboratorio de la fábrica.
Una violenta y desagradable desilusión volvió a adueñarse de ella, la misma oscuridad y el mismo pesimismo implacables, de los que ahora nunca se liberaba, una inexorable percepción del sustrato de fealdad oculto en todas las cosas. Cuando llegaba a la universidad por las tardes, las margaritas cubrían el césped como la espuma, los limeros tendían sus ramas tiernas, soleadas y verdes; y ¡ay, qué angustia causaba la espuma blanca de las margaritas!