El arco iris
El arco iris ¡Qué más daba! Cada cumbre era ligeramente distinta de la anterior, cada valle ofrecía algo nuevo. Cossethay y su niñez con su padre; la granja Marsh y la pequeña escuela parroquial pegada a la granja, su abuela y sus tíos; los años de instituto en Nottingham y Anton Skrebensky; Anton Skrebensky y el baile a la luz de la luna, entre las hogueras; después, la época que no podía recordar sin sentirse maldita, Winifred Inger y los meses anteriores a su trabajo como maestra de escuela; los horrores de la calle Brinsley, que dieron paso a una paz relativa; Maggie y el hermano de Maggie, al que seguía sintiendo en las venas cuando evocaba su recuerdo; a continuación la universidad y Dorothy Russell, que ahora estaba en Francia; por fin el paso siguiente, ¡otra vez camino del mundo!
Todo esto ya componía una historia. En cada etapa, Ursula había cambiado radicalmente. Y, al mismo tiempo, seguía siendo Ursula Brangwen. Pero ¿qué significaba Ursula Brangwen? No sabía quién era. Siempre, a todas horas, tenía que escupir la ceniza y la arenilla de la desilusión, de la falsedad. Se tensaba de rechazo, de rechazo. Sus actos parecían siempre negativos.