El arco iris
El arco iris Sin embargo, Ursula detectaba el destello del movimiento oscuro en los márgenes, veía brillar los ojos de las bestias salvajes en la oscuridad, observaba la vanidad del fuego de campamento y a los que dormían a su lado; percibía la extraña y absurda vanidad de quienes ocupaban el campamento, que aseguraban: «No hay nada más allá de nuestra luz y nuestro orden», con el rostro siempre vuelto hacia el interior, al tenue fuego de la conciencia iluminadora que abarcaba el sol y las estrellas, y al Creador, y el sistema judicial, ignorando en todo momento la inmensa oscuridad que giraba alrededor, en cuyos límites acechaban formas parcialmente reveladas.
Sí, y nadie se atrevía siquiera a arrojar una brizna de fuego a la oscuridad. Porque todos se burlarían de quien lo hiciera hasta aniquilarlo, le gritarían: «Idiota, canalla antisocial, ¿por qué vienes a molestarnos con tus terrores? No hay oscuridad. Actuamos, vivimos y encontramos nuestro ser en la luz, y nos es dada la luz eterna del conocimiento, comprendemos y asimilamos el núcleo y el tejido más profundo del conocimiento. Idiota y canalla, ¿cómo te atreves a rebajarnos con la oscuridad?».